Vergüenza, y no ajena, que es peor

Hoy, al salir de un cliente, ya en la calle, me ha pasado algo curioso:

Estoy esperando un taxi para volver al cubículo, hasta aquí todo bien. Llega el taxi, me monto y al sentarme se oye como un pedo. Sabía que no había sido yo, pero el sonido provenía de mi, así pues, era imposible que fuese un simple gas.

Temiéndome lo peor, hago como que no he oído ni sentido nada, le indico dónde ir, pero la ruta inicial va a sufrir un ligero cambio, voy a casa directo. Le pido el ticket de rigor, pago y salgo del coche, eso sí, sin dar la espalda al taxista, pues imagino que sabrá qué ha pasado y querrá verlo.

Justo en ese momento, cuando el taxi se va, me doy cuenta que no tengo las llaves de casa al no tener prevista esa parada extra. Por suerte, está el portero, que me abre, puedo entrar al portal y allí, en la intimidad, comprobar que mis sospechas son ciertas. Se me ha rajado el pantalón. Está claro, una señal del destino que dice que tengo que adelgazar ya mismo.

Llamo a Alicia, que pese a que estaba con un humor de perros, al enterarse de la noticia, no dejaba de reírse. Rápidamente, me deja las llaves y puedo entrar en casa a cambiarme. Ya puestos, aprovecho para comer y salir pitando al cubículo.

Creo que es la primera vez que rompo por el culo un pantalón. Realmente un momento mágico, pero por suerte, rumbo a casa para solventarlo.

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